jueves, 25 de junio de 2009

Cali luz de un nuevo cielo...

No dejo de pensar en las escaleras que se necesitan para llegar a Cali, como dice la canción, que además es pachanguera. Siempre había querido visitar Colombia, quizás porque me apasiona la salsa o quizás porque es medio prohibido, nosé, pero era parte de mis favoritos, el otro es Brazil, ya pronto. Acá en Cali empiezo a sentir a la Colombia que me había imaginado. Salsa por todos lados, colores a mil, gente sonrriente. Pero también, recorriendo en el bus miro las calles y veo indigentes, locos, drogadictos. La violenta realidad de este país se refleja en los desplazados, los olvidados, los invisibles, más que en la infraestructura post moderna de la ciudad, que sin ser la capital, lo parece.



Llegamos cansados sin lugar de destino. Pronto un centro de informaciones nos atiende y nos explica los lugares turísticos a los que debemos ir y a que hospedajes posibles acceder con poco presupuesto. Rápidamente con ánimos de buscar un hogar fugaz cojemos un taxi y nos vamos a "Pelican Larry" un hostel para mochileros. El dueño, un alemán llamado Gunter, nos recibe y nos hospeda. Sorpresivamente en este lugar conocimos a nuestro primer grupo de amigos mochileros, con los que nos volveriamos una familia, por algo así como unos seis días.



María, a la que después Joao, como de costumbre, le cambiaría el nombre a Maricucha, se me acerca y me hace la conversa. Ella es española de las islas Canarias y tiene una suavidad de pétalos de rosa que es complementada con la fuerza de Dany, su novio, un español andaluz, de pelos largos y discurso antisistema, además de un elocuente conversador. Luego fue Spencer, un gringo Californiano, dulce, tranquilo que nos contaba su drama en la clínica durante dos semanas por haber adquirido Malaria. La conversa con ellos fue larga, entretenida e hipnotizadora. Jowi se ofrece a hacer una comidita para los nuevos amigos y así empezamos a entablar un lazo de viaje. Más gente se nos unió, o mejor dicho nos unimos a los demás huespedes e hicimos de esa noche una noche de tragos en la esquina de una avenida cerca al hotel, porque después de la medianoche, el hotel apagaba luces y exigía silencio.
Ron con cocacola y un par de cervezas nos llevaron al barrio a brindar por habernos conocido y a planificar el paseo del día siguiente.


San Cipriano era el lugar designado para salir de la ciudad y conectar un poco con la naturaleza y descanzar. En mancha con Maricucha, Dany, Spencer y Joao nos subimos al micro y seguimos las indicaciones de los que sabían. Llegamos a Cordoba, un pueblito de donde salía el tren para San Cipriano. La sorpresa fue que el tren era nada más y nada menos que una moto-bruja. Una moto bruja es el creativo invento de los pobladores para trasnsportarse a las comunidades aledañas. Se trata de una moto montada en una tabla con bancas, que adherida a los rieles del tren se desliza a la velocidad de la moto. Guardo la cordura y saco la locura y sin pensar mucho me monto en la moto bruja y sin miedo y con mucha adrenalina me subo adelante, en primera fila para sentir el aire en la cara y no me importa salir disparada si una mala maniobra aparece. Pero en fin, nada pasó y diré que ya sabía que todo iría bien.

La belleza me duele en los ojos, el paisaje verde de selva con olor a tierra mojada y los bellos cuerpos mulatos que se contornean con ritmo único al caminar me embelesan. Hombres y mujeres de color y carnes fuertes, curvas acentuadas, músculos marcados, miradas sabrosas y labios provocadores me seducen.





Caminantes gringos, porque acá, por más que duela y no quiera, todos somos gringos ajenos. El día se hizo corto, así que sólo fuimos al río a reir y a alucinar las nubes que cada vez asomaban sus gotas de agua con mayor rapidez.

El regreso en la moto-bruja estuvo mojado, y tenía que vivirlo en el asiento delantero nuevamente, el agua a velocidad me dolia en la cara, pero me despertaba y me avivaba. Quién dice que volar y nadar al mismo tiempo no se puede?, pues yo lo hice en ese momento. Y luego gocé cada segundo de las gotas que dejaba mi ser al caminar por el barro viendo a los hombres del pueblo ser tan bellos y coquetos. Lamentablemente la lluvia me impidió las fotos.


La lluvia estaba furiosa y deliciosa. Me subí al minibus empapada, el agua corría por mis ropas, salía por mis poros y surcaba el piso del transporte público. Al fondo encontré un sitio y lo tomé. A mi lado una Sra y una niña en un sólo asiento. Sonrío y me disculpo por mojarlas, la sonrisa que me devolvieron me derritió, es que hasta ahora los colombianos no pueden ser más dulces porque se comerían. Más allá de la dulcura de la niña se ve la fuerza de una madre soltera que mantiene a cuatro niños con sólo 10 mil pesos diarios, algo así como 5 dólares y que como muchos en Colombia convive con la guerrilla, que atemoriza a los comuneros con su falso liderazgo populista. Escuchar su historia de guerrera que quiere salir del país, porque ahí no se puede, fue el tema de conversación. Ella me pregunta que de donde soy y le digo que de Perú y que ahí las cosas no están nada mejor que en Colombia, pero con esperanza desesperanzadora me dice que cuanto gana una trabajadora del hogar. Yo le digo que lo mínimo y siendo generosa son 100 dólares en promedio lo que se gana haciendo ese trabajo. Como si le hubiese dado luz en el camino ella me dice acá son setenta dólares. Pues señora si quiere dejar a sus hijos para ganar algo más, Perú no es la solución, quizas Chile o Argentina, pero porfavor no se vaya, que casi siempre el exhilio es peor. La solución, lamentablemente no la sé. Ella me mira y cambiando el tema me dice que lo único que ella quiere es que sus hijos estudien. Ella sabe que el estudio es la solución a la pobreza. Su niña me mira y me cuenta que en el colegio le va bien y que quiere ser enfermera. Acá en Colombia la educación pública ofrece uniformes gratis y al menos eso es un alivio para esta mujer luchadora en busca de soluciones.




El regreso a Cali fue mojado y hambriento y gracias a la buena salud de nuestro amigo Spencer, gozamos una rica comida chik en el "crepes y wafles" restaurante colombiano, que generosamente decidió invitarnos por haber superado la terrible Malaria. La larga jornada de ese día nos tumbó a todos a la cama.

Al día siguiente fuimos a recorrer Cali, pero antes un desayuno contundente era necesario y sobretodo cuando el café colombiano es tan ostentado por el mundo, y yo aún no lo había saboreado.




Con el estómago lleno nos fuimos a visitar las casas de Joao, porque él nació ahí y vivió su primer mes de vida en esa caliente ciudad. Fue realmente emocionante volver al barrio, yo lo sentí como mío, es que con Joao ya somos hermanos. Un taxi nos recorrio por los barrios de Joao, mientras yo sentía todo al son de la salsa gracias a la emisora radial que no me dejaba de hacer bailar.


Las calles de Cali son cheveres, hay mucho verde, es una ciudad amable, hasta ahora en Colombia no he sentido el peligro del que todos hablan y como el logo turístico dice "el único riesgo en Colombia es que te quieras quedar" Por ahí hay un parque lindo en donde hay muchas esculturas de gatos que poéticamente hechas por artistas nacionales le rinden culto al gato del rio calileño.





La noche va llegando y la despedida de Cali la damos todos juntos comiendo una rica parrillada hecha por Gunter, el dueño del hostal.


Todos arreglamos maletas y cual hermanos inseparables de años nos vamos pa Bogotá con Maricucha, Dany, Spencer y Jowi. Seguimos siendo un grupo de mochileros con venas aventureras que seguimos el mismo rumbo.



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