El viaje fue frío y después de 10 lluviosas horas ya estábamos en la capital colombiana, Bogotá. Un taxi me llevó a reconocer a mi amigo de hace 6 años, que conocí en las motañas de Aspen Colorado, Juan David. Él no estaba, pero su padre nos recibió con ánimos de aventura y nos invitó a recorrer la ciudad. Nosotros muy cansados sólo atinamos a escurrirnos en la cama con olor a hogar. Felizmente el padre de Juan David nos invitó a almorzar una rica comida colombiana. La sobremesa la hicimos en una tienda librería espiritual, pues el Sr me hablaba de Alejandro Jodorosky, un maestro espiritual chileno que desarrolló el concepto de la psicomágia. Así llegué a conectarme con Bogotá. En esa tienda adquirí unos anillos de agatha, uno verde para la curación y otro naranja para la seguridad personal, hasta hoy los llevo prendidos a mi dedo anular para que me alumbren en el camino.
El reencuentro con Juan David fue emotivo, después de 6 años lo sentí igual de amable, gracioso y buena onda. Ahora ya no es el chiquillo informal de Aspen, sino un joven emprendedor con un buen trabajo y una hermosa novia, aunque la chispa, felizmente, no se le quita con nada. Cual guía turística nos regaló un mapa de la ciudad y nos mandó a conocerla. Eso hicimos. Julio o Puyo, mi otro amigo de Aspen, nos jaló a una parte céntrica de la ciudad con una hermosa sonrisa y unas pláticas espontáneas de amigos que se reencuentran y se atienden.
La caminata por el centro de Bogotá fue divertida. Ver ese centro caótico, lleno de gente y carros, me hizo volar a casa, aunque a los turistas no les gusta, a mí el desorden sudamericano me hace sentir viva, cuidadosa y observadora. Veo las pintas en la calle y sonrío, la gente se expresa en las paredes, es un medio de comunicación más y como tal yo lo leo. Las frases escritas en las plazas me hacen fotografiar las paredes, las calles, la pobreza. Un sr.pasa y me recrimina que en vez de fotografiar de plata. Ok, mi dinero no lo regalo y dándolo no cambio nada, pero no le dije nada, solo me quedó un nudo en la garganta. Sentirme culpable es inevitbale, a veces.
Maricucha, Dany y Spencer estaban hospedados en un hotel del centro. Una casa antigua con un patio lleno de selva. Los levantamos de la siesta y nos fuimos a caminar. Nos encontramos con Juan David y María Fernanda, su novia. Ellos nos llevaron a conocer la Candelaria, un barrio bohemio donde turistas, hippies y locales conviven entre bares iglesias y militares, que dicho sea de paso, están por todos lados.
Bogotá es grande, no tanto como lima, así que el poco tiempo para conocerla nos arranca de la Candelaria para llevarnos a la zona norte de la ciudad. Juan David nos adopta a todos por esa noche y nos lleva de paseo, a cenar y a conocer amigos.
Al día siguiente, Joao, Spencer, Maricucha, Dany y yo nos fuimos a conocer la primera maravilla turística de Colombia, la Catedral de Sal. Para llegar allá hay que parar en un pueblo llamado Zipaquirá, a 1 hora de Bogotá.
Hace 70 millones de años se inició la formación de la Cordillera Oriental Colombiana. Ahí se encontraron los depósitos de sal más grandes de mundo "El Domo de Sal de Zipaquirá" En 1801 se inició la construcción de la catedral de sal que sería cerrada en 1992, y en 1995 , ya reconstruida, fue abierta al público en general. Los materiales que se usaron para realizar esta obra de arte y de fe católica fueron, evidentemente, sal y dinamita para explotar los túneles. Impresionante.
De regreso a Bogotá paramos a visitar a un viejo amigo de Joao, que nos recibio con vinos y deliciosas arepas y tamales. La conversa fue amena, pero corta, pues mis anfitriones nos esperaban para celebrar la última noche en la ciudad. La noche se lleno de alcohol y fiesta. El aguardiente colombiano me hizo ver doble sin darme cuenta. La discoteca estaba repleta de gente bailando y cantando con voz en cuello los ballenatos y merengues de moda. Yo baile mucho, pero aún así el aguasriente me siguió golpiando la cabeza. La primera borrachera del viaje gracias a los amigos colochos.
El día siguiente estaba lluviosamente nublado y resaqueado. Era el último día en Bogotá, asi que había que aprovecharlo. El teleférico de esa ciudad era el destino. Monserrat es el nombre del cerro, donde se encuentra el santuario del Sr de Monserrat, se construyó para que los feligreses suban a rendir culto al santuario en los años 50s. Ahora es de uso turístico también, así que como propios, subimos y miramos el paisaje citadino de la ciudad de Bogotá; y para nuestra sorpresa las espaldas de esta ciudad es pura selva, naturaleza viva. El contraste entre verde y cemento es increíble y envidiable. Aquí hay un lugar para respirar
A la bajada del cerro nos disponemos a despedirnos de nuestros compañeros de viaje Maricucha, dany y Spencer. Una cena nos invita a decirnos adiós y espero volverlos a ver pronto, ojalá en Medellín, nuestro próximo destino, o Perú en Agosto. Con un nudo en el pecho no se como decirles que los quiero en tan corto tiempo y que los extrañaré y que espero que el reencuentro sea pronto, porque conecté muy bien con ustedes chicos. Besos y abrazos, quiero llorar. El desapego me arranca a unos buenos amigos. Fue lindo conocerlos, tengo que partir.
De igual manera me despido de mi anfitrión Juan David. La cálida recepción en tu casa fue increíble. Me llevo tu amabilidad y carisma para esperarte en Perú cuando quieras con los brazos abiertos. Nos vemos pronto!
No dejo de pensar en las escaleras que se necesitan para llegar a Cali, como dice la canción, que además es pachanguera. Siempre había querido visitar Colombia, quizás porque me apasiona la salsa o quizás porque es medio prohibido, nosé, pero era parte de mis favoritos, el otro es Brazil, ya pronto. Acá en Cali empiezo a sentir a la Colombia que me había imaginado. Salsa por todos lados, colores a mil, gente sonrriente. Pero también, recorriendo en el bus miro las calles y veo indigentes, locos, drogadictos. La violenta realidad de este país se refleja en los desplazados, los olvidados, los invisibles, más que en la infraestructura post moderna de la ciudad, que sin ser la capital, lo parece.


La sorpresa fue que el tren era nada más y nada menos que una moto-bruja. Una moto bruja es el creativo invento de los pobladores para trasnsportarse a las comunidades aledañas. Se trata de una moto montada en una tabla con bancas, que adherida a los rieles del tren se desliza a la velocidad de la moto.
Guardo la cordura y saco la locura y sin pensar mucho me monto en la moto bruja y sin miedo y con mucha adrenalina me subo adelante, en primera fila para sentir el aire en la cara y no me importa salir disparada si una mala maniobra aparece. Pero en fin, nada pasó y diré que ya sabía que todo iría bien. 




El regreso en la moto-bruja estuvo mojado, y tenía que vivirlo en el asiento delantero nuevamente, el agua a velocidad me dolia en la cara, pero me despertaba y me avivaba. Quién dice que volar y nadar al mismo tiempo no se puede?, pues yo lo hice en ese momento. Y luego gocé cada segundo de las gotas que dejaba mi ser al caminar por el barro viendo a los hombres del pueblo ser tan bellos y coquetos. Lamentablemente la lluvia me impidió las fotos.




Todos arreglamos maletas y cual hermanos inseparables de años nos vamos pa Bogotá con Maricucha, Dany, Spencer y Jowi. Seguimos siendo un grupo de mochileros con venas aventureras que seguimos el mismo rumbo.

