martes, 8 de septiembre de 2009

Boquette con aroma a café


La noche estuvo congelada en el bus, ningún tipo de preparación evitaría sentir frío en ese viaje nocturno. La mañana siguiente estuvo cálida. Las montañas de Panamá nos dieron la bienvenida a las alturas de centroamérica. Arboles elevados, nubes gordas y espesas nos iluminaron el destino. Joao y yo teníamos sólo un día para ver esa geografía. La mañana empezó temprano y así pudimos desayunar y planear el día. Por suerte preguntamos sobre precios y lugares para conocer a los locales. Al ver que no éramos gringos, nos soltaron datos y nos recomendaron hacer las cosas por las nuestras y no con empresas usureras que despistan al viajero misio. Así llegamos a casa de la señora Dora. Una mujer mayor con espíritu de abuela que nos acojió y con humilde sinceridad nos mostró su guarida. Por 6 dólares el cuarto, nos alojó en un par de colchones y nos brindó mucha conversa.

En boquette no sólo hay montañas y árboles, sino también hay mucho café, esta es la zona cafetera de Panamá. Probando mi elixir preferido de cada mañana, caigo en cuenta que este café es exquisito. El más rico que he probado según mi escaza memoria. Un aroma a choco café, con el amargo preciso y el cuerpo espeso. Un almibar de esos frutos redondos y rojos de los cafetales. El café de Boquette, mi preferido.

Para vivir una experiencia más profunda en esa fugaz visita nos decidimos a entrar en las venas de Boquette. Unas venas calientes que salen burbujeantes del subsuelo de un poblado llamado Calderas. El camino fue largo. Queriendo recorrerlo nos aventuramos a la caminata por senderos desconocidos y de nunca acabar. Felizmente siempre hay los buenos conductores que nos rescatan del sol y del cansancio. Ese día fueron dos los que nos llevaron y uno el que nos regresó.

La entrada al lugar fue ansiada por mi dolor de hombros. El rio tenía que ser primero para quitarnos el calor de la larga caminata. Un rio helado con piedras enormes y corrientes violentas nos atrajo. Las aguas calientes llegaron después, susurrándonos un olor a azufre y devolviéndole a mi cuerpo la energía viva de la montaña.

Lluvias torrenciales arreglaron el camino de vuelta al techito hogareño que nos esperaba. Una siesta era inevitable. La noche cayó y yo no la vi , mis ojos no podían cerrarse más, así que los abrí y en medio de la oscuridad producida por el apagón salí a recorrer el pueblo. La luz llegó y yo pasié sin encontrar nada interesante hasta el momento que regresaba. Ahí encontré a una pareja de australianos que llevaban viajando casi 8 meses por Sudamérica, para ellos recién comenzaba su travesía por Centroamérica, así como yo. En el camino nos volveríamos a encontrar mágicamente, intuitivamente. No lo sabía en ese momento, así como tampoco sabía que cuando los viera nunca llevaría una cámara conmigo, así que la foto se las tome con mi ojo y la guardo en la memoria de mi nervio óptico. Con mucho entusiasmo de conocer a unos amigos mayores, los abrazo sintiéndome protegida y espero hallarlos on the road.

Boquete se acabó en un día y fue lindo, pero extrañaba el mar y la playa, mis pies querían andar descalzos y yo desnuda en arenas caribeñas. Bocas del toro, era la siguiente parada.

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